Crítica de la exitosa película: La La Land

Una película de 10, en la que lo mejor de todo es la interpretación de los actores.

Los Ángeles, la ciudad de los sueños rotos, los atascos y la contaminación, florece en La ciudad de las estrellas: La La Land como un lugar donde las frustraciones crean arte y donde la realidad se vuelve bella con estallidos de color y entrañables números musicales.

Damien Chazelle (Whiplash, 2014) rasca más allá de la superficie de Hollywood en una película que homenajea a todo aquello por lo que amamos el cine: por su capacidad de embellecer el mundo, por hacernos soñar y por ser capaz de tocar nuestro ser. La La Land es, por encima de todo, una maravillosa carta de amor al séptimo arte y una oda a los soñadores que se rebelan contra la realidad por una pasión.

La La Land es una gran historia de amor encarnada en dos jóvenes, Mia (Emma Stone), una aspirante a actriz que trabaja en la cafetería de unos estudios cinematográficos, y Sebastian (Ryan Gosling), un músico de jazz en horas bajas. A ambos les unen sus sueños por triunfar en un mundo en el que cada vez es más difícil sobresalir; ella, asistiendo a audiciones donde es una más en el montón, y él, desvelándose por su empeño de abrir un local dedicado a una música que se muere.

Su romance, desde el inicio de su amor hasta la madurez, es un hermoso y -paradójicamente- realista retrato de la evolución de sus aspiraciones mientras el mundo real les cierra la puerta una y otra vez. La virtud de Chazelle es que, a través de sus dos personajes, es capaz de trazar con acierto la radiografía de toda una generación joven que busca su realización personal y un lugar de pertenencia en un mundo cada día complicado.

“A la gente le gusta quien es apasionado con lo que hace”. Esta reflexión de la película bien se aplica a Damien Chazelle, que ha conseguido con apenas 31 años su obra maestra volcando en La La Land todo su absoluto convencimiento por el proyecto. Su pasión por la historia se refleja en cada escena, en cada original movimiento de cámara y en cada detalle, embellecido con el uso de colores brillantes, luces y atardeceres y, como buen musical con aires clásicos, con números coreográficos imperfectos pero repletos de encanto con las canciones de Justin Hurwitz.

Emma Stone borda en La La Land el papel de su vida con una interpretación perfectamente engranada por la que uno se pregunta si la película está hecha para ella o es que ella estaba destinada a esta película. Su reconocida química con Ryan Gosling, que aprendió a tocar el piano para la película y hace un trabajo excepcional, es parte fundamental en la maquinaria de La La Land y la razón por la que sus momentos compartidos son creíbles, mágicos y a la vez tremendamente nostálgicos.

Hay pocas películas en las que todas las piezas encajen. La La Land, tan virtuosa y original desde el punto de vista técnico como sensible y reflexiva con su mensaje, es una rara avis que se clava en el corazón y, de forma tremendamente sincera, nos hace cuestionarnos quiénes somos y lo que deseamos. Una de esas contadas películas que nos hacen un poco más felices, un poco más soñadores y que nos piden recuperar la mirada ingenua ante los retos de una vida difícil, pero muy bella.

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